En el peor año del último lustro, el suizo tiene en este torneo la gran oportunidad de redimirse. Era una cita con mucho mensaje, frente al hombre que le había batido en las semifinales del Abierto de Australia, en el inicio de su caída desde las alturas. Campeón en Melbourne y sólido número tres, el serbio contaba incluso con la posibilidad de desplazar a su rival de la segunda plaza en caso de hacerse con el título.
Fue un encuentro directo. Ambos protagonistas partieron con las ideas claras, sin margen para la especulación. Firme con su primer servicio, con el que obtuvo un 83% de acierto en el set inicial y un total de 20 saques directos, Federer suscribió un arranque casi impoluto, con 12 golpes ganadores y tres errores no forzados. Por momentos se miró en el mejor de sus espejos, en el del jugador intachable, de tenis limpio, planes definidos y perfectamente ejecutados.
Poco podía responder un Djokovic cuya única reacción se produjo en el segundo set, aprovechando cuatro errores no forzados de Federer en el último juego. Cinco sets con Robredo, en octavos, y cuatro ante Roddick, en cuartos, pesaron lo suyo en un joven que aún muestra signos notables de inmadurez. Sobre su cabeza parecieron flotar las censuras de algunos de sus compañeros y de la propia grada a la decisión de pedir atención del fisioterapeuta cuando las cosas se le tuercen.
Esta vez no lo hizo, pero la tribuna tenía muy decidido quién era su favorito, por mucho que sus padres trataran de encorajinar a la multitud cuando se produjo la igualada a un set. Nunca se vio al de Belgrado tan cerca de la victoria como en la final del pasado año, cuando cayó, también en cuatro sets, ante idéntico adversario. Se encontró al mejor Federer de las últimas semanas, a un tenista a la altura del desafío, muy por encima del rendimiento mostrado en cualquiera de las rondas precedentes, donde se mostró titubeante, traicionado ocasionalmente por estados de ansiedad.
En la permanente búsqueda de sí mismo, el suizo bucea también entre los rasgos de su pasado. Ya no puede despachar los partidos desde la línea de fondo. Con distinto grado de éxito, ha vuelto a aproximarse a la cinta, sabedor de que su volea apenas tiene parangón en el circuito.
Federer está muy vivo. Había motivos suficientes para dudar de él después de un curso decepcionante, pero, tras superar su decimoctava semifinal consecutiva de un Grand Slam, está a las puertas de un nuevo éxito de primer orden. Tiene mucho que decir en el nuevo 'establishment'.
De www.elmundo.es
NOTA: Corrijo al articulista, la final del año pasado la ganó Federer en tres sets. Que la menda la vió en directo y le dieron las tantas (como el lunes que viene)

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